martes, 23 de mayo de 2017

El poblado que alcanzó el cielo



Los mandaron a llamar a todos porque era necesario, urgente. En el pequeño y remoto poblado, era común que todas las mujeres quedaran embarazadas al mismo tiempo. Cómo casi todas rondaban las semanas 40 fueron los hombres los que asistieron al llamado. Si bien las historias de españoles, ingleses, franceses y extraterrestres habían permitido la existencia del poblado, era necesario colocarse en el mapa.  Era un lugar alejado dentro de lo lejano, apartado de todo, rodeado por agua y nada era más alto que una casa. La urgencia recayó en que para el mundo, el lugar era inexistente y eso, para ellos, era inadmisible.  Para solucionar su dilema hubo un debate, uno de los muchos en los que trataban de resolver algún problema, luego de haberlo empeorado al máximo. Un monumento, eso fue lo que acordaron construir. ¿Qué tipo de monumento? Aunque nadie estuvo de acuerdo de primera intención, sí estaban seguros de que debía superar las expectativas de la torre de Babel, iba a sobresalir del cielo para que todos supiesen que estaban allí.  Fue así como la diversidad lingüística de los de ciudad y los de campo se mezcló con la intención de lograr un mismo objetivo. El inconveniente inmediato que presentó este asunto fue la falta de materiales. Los de campo no tenían muchas riquezas, los de la cuidad tampoco eran los más afortunados, puesto que pocas cosas movían la economía autónoma del lugar. En vista de que la pobreza estancaría el “Babelisimo” proyecto, se ordenó a todos dar lo que tenían y buscar lo que no tenían para darlo. No hubo alguien que se resistiera a la idea de no cooperar bajo amenaza, hasta los más pobres fueron consignados a encontrar en los ríos el bien que engrandecía a otras naciones. Para ese entonces las piedritas de oro estaban por todas partes, puesto que nadie los había colonizado, el esfuerzo de las personas recolectó tanto oro que decidieron que todo el monumento iba a ser construido del mismo mineral.
          Tardaron varios meses en fundir aquella inmensa cantidad de oro, cuando se solidificó quedaron conformados unos enormes huesos amarillos, de oro sólido. Cada pieza  pesaba más de lo imaginado, todo hombre, mujer y niño del lugar tuvo que ayudar para mover las piezas para acomodarlas y armarlas. Cada parte una fue llevada el centro del poblado y de inmediato comenzaron las labores, que duraron días, semanas, meses y años. Con todo y tener el diseño aprobado de forma unánime, el proyecto se pronlogó más de lo esperado porque los más jóvenes y fuertes, toda una nueva generación, encontraban absurdo y martirizante la creación de un monumento gigantesco. Para el último año de construcción, la población había disminuido grandemente. La mayoría de los jóvenes habían abandonado el lugar. Por tanto, el 70% de la población sobrepasaba los 50 años, pero, de todas formas, estaban orgullosos porque después de diez años por fin el monumento estaba en la etapa final. Solo faltaba ajustarlo al suelo, pero necesitaban más mano de obra humana de la que tenían. Padres, madres, grupos religiosos, artistas, políticos y todos… hicieron lo posible por recuperar a aquellos jóvenes que habían emigrado durante los años de la construcción.  No lograron reunirlos a todos, pero el sentimiento reunió los suficientes para terminar el trabajo. El día de la inauguración, un 31 de octubre, el monumento estuvo tapado con un gigantesco manto negro que, al quedarle pequeño, dejaba al descubierto una filosa media luna de oro que brillaba con el calor del sol.  La prensa de todas partes del mundo asistió al evento que prometía ser el más importante del año y quizás del siglo. Por primera vez en su historia, el mundo los observaba.
          Alrededor del mundo se hablaba del ingenio de los arquitectos quienes hicieron alarde de su diseño diciendo a viva voz: “el nuevo monumento no solo será el más grande de la historia, sino que innovará los términos de rigidez que se ven en los monumentos comunes. Este tendrá movimiento y podrá ser cambiado de posición con facilidad, a pesar de su gran tamaño.”  Así se repitió una y otra vez por cada rincón del planeta. Mientras tanto, toda la población se acomodaba bajo el monumento para descubrirlo. A la cuenta de tres todos hicieron fuerza para quitar el manto que cayó, dejando al descubierto una calavera absurdamente grande, que con sus cuencas vacías perdió la postura recta para mirar al cielo. De inmediato los espectadores comenzaron a hablar de un error en el diseño, o de un mal uso de lo materiales. La estatua seguía moviéndose y parecía reírse mientras se contorsionaba hacia todos lados. Las personas halaban el manto, pero esté comenzó a enredarse en las manos del inestable monumento, que no dudó en aflojar la articulación que sostenía la guadaña. Fue tal la fuerza con la que se deslizó, que decapitó a medio poblado al pendular a la izquierda y a la otra mitad al pendular a la derecha. La gigantesca estatua quedó con todos los huesos descubiertos, contorsionada en medio de un retortijón, el manto tapó a los difuntos y la guadaña amarilla y roja quedó moviéndose de lado a lado en un constante vaivén que, minutos después, pondría a aquel poblado vacío en el mapa.

martes, 16 de mayo de 2017

Estanque negro



Llueve en la ducha, he abierto el grifo y el agua ya está templada. Me coloco frente al espejo mientras la bañera se llena. Aún tengo manchas en la cara y eso que han pasado varios años desde mi último acné, cuanto extraño esos rostros. Me voy desnudando, el  reflejo de mis brazos desnudos me sorprende. El sol me ha quemado tanto que me ha dejado el brazo en tonalidades. Debería ir a la playa sin camisa, ni muerto.  Es suficiente con mi capacidad de señalarme mis defectos, no son necesarias las mofas ajenas. Aunque no importa donde esté, siempre lo hacen. Totalmente desnudo soy un cuadro cubista, cada trazo de ángulos me constituye disparejo.
Dejando los pudores fuera, sumerjo los pies en el agua, falta bastante para que se llene por completo la bañera. Sin embargo, al recostarme en la tina, mi masa hace subir el nivel del agua, “eureka” estoy gordo. Me quedo mirando al techo, es tan blanco. Siento que el agua me cubre poco a poco, veo sus intenciones de ahogarme sin que me dé cuenta. Cierro los ojos y el sonido del agua me lleva a los lugares a los que no he ido, me falta tanto por hacer. Algo hay dentro de mi cree que he nacido para ser grande. Puedo cambiar, estoy seguro de que esta vez puedo hacer las cosas de otra manera.  Debo dejar de lado los baños aromáticos, estar rodeado de jabones de lavanda, avena, rosas. Estos aromas son lo único que me queda en la vida. No hay peor guerra que la se pelea con uno mismo. Ser mi enemigo, eso es lo que soy.
          El agua sigue subiendo y las olas se estremecen hasta que el vértigo las hace caer al suelo. Se enciende el radio para hacer la intensa situación más relajante, las acusaciones pesan sobre la espalda, me empujan hasta el fondo. En ocasiones, pensar en aquellos tiempos me exista, siempre me excito. ¡Cuantas pieles jóvenes no han pasado por aquí! Mi mano ha acariciando lentamente los cuerpos enjabonados, eran como los hijos que nunca tuve, pero con un amor diferente lleno de la lujuria más ilegal y presuntuosa que pueda existir. Los cuidé a todos hasta que me dieron la espalda, no necesitaba más. Eso me recuerda que agua no daña la pulsera electrónica que visto en el tobillo. Tanto desvestir tenía que tener un precio.  
          El agua me moja los labios, me trae tantos recuerdos de esos momentos en que me aproveché de la adolescencia de otros. El reflejo de la luz en el agua me trae a la memoria las charlas por internet. Pescar en ese rio de aguas obscuras es fácil, las pirañas como yo no damos tregua. Lo mejor es que la presa no nos ve venir hasta que es muy tarde. He pasado por tanto, ninguno se merecía lo que hice. Volqué mis frustraciones y dolencia haciendo daño a otros, que  no tenían culpa. Eran tan inocentes, eso me digo ahora.  Es la primera vez que me doy asco, anteriormente lo mezclaba con morbosidad y me se sentía superior. Mi necesidad era lo único que me importaba, que otros se asquearan de mi me hacía llegar al máximo. No puedo remediar lo que hice, quizás porque en el fondo no quiero, sigo siendo el mismo enfermo que se expresa como poeta para cazar. Es por eso que observo la luz del techo a través del agua, como un túnel que me fuerza a ir hacia él. Aun así, sacudo las manos para evitar que el agua entre en mis pulmones, una fuerza me empuja a la terrible luz. Me lo merezco, lo sé, quisiera quedarme bajo el agua hasta morir, pero lucho, por lo contrario, el pez no quiere abandonar la obscuridad.
Cuando soltó las manos de su cuello, lo sacó de la bañera para asegurarse de que ya no respiraba.

miércoles, 10 de mayo de 2017

El oasis



La vida está llena de coincidencias, es así como suceden las cosas más inexplicables. El niño no había comido nada hacía al menos una semana, el calor había borrado el sabor del agua de sus labios. Notnilc, fue la primera en verlo, estaba bajo el sol, rodeado de desierto. Cargó el niño al hombro hacía un oasis cercano. En el camino se cruzaron con Dlanod, un hombre que iba al mismo destino. Dlanod, caballerosamente, quitó el peso de los hombros de Notnilc. La noche los atrapó antes de llegar a su destino, el hambre del niño se hacía inaguantable, aún así, decidieron mantener el paso. El niño pasaba de espalda en espalda para aligerar el viaje y evitar el cansancio. Para que no muriera de hambre, ambos le dieron de lo que tenían con ellos para alimentarse. El tiempo que tardaron en llegar fue suficiente para crear algunos vínculos afectuosos. Cuando por fin llegaron, pudieron tomar agua.  Sus fuerzas se restablecieron bastante, decidieron pasar la noche allí para recuperarse del todo.
          Mientras dormían, los arbustos comenzaron a moverse de forma escalofriante. El niño se despertó asustado y corrió a los pálidos brazos de sus salvadores. Amabó sacó su cabeza por entre los arbustos. Cautelosamente se quedó a la vista. Notnilc, Dlanod y el niño se quedaron en silencio. Amabó, sin notar su presencia, se acercó al agua. Desvistió su torso oscuro y lavó su camisa manchada. La estregó con fuerza, pero las manchas no se borraron. Colgó la camisa en unas ramas, dejado en evidencia las líneas rojas que manchaban la espalda de la tela. No eran manchas recientes, daban la sensación de haber sido impresas a látigo hacía muchos años.  El niño se escabulló de los brazos de Notlic para colocar su inocencia más cerca de Amabó, se veía diminuto frente a él. Notlic y Dlanod le gríatron: “aléjate de él”, pero el niño no entendió. Amabó lo tomó en sus brazos de forma inofensiva. Fue entonces cuando todos acordaron, por omisión, no hacerse daño entre sí.  La comunicación se dificultó al comienzo, Notlic y Dalnold no podían comunicarse claramente con Amabó, que entendía solo algunas cosas que había aprendido a la fuerza.
          Con un poco de esfuerzo reunieron lo que tenían: armas, alimentos, equipo, agua. Lo reunido fue suficiente para quedarse en el oasis unos días más. El niño jugaba con todos y en pocos momentos se convirtieron en su familia. Durante esos días hubo de todo, desde canciones hasta historias.  De lo poco que se pudo entender de las conversaciones que tuvieron, resultó que todos habían huido. Notlic, huyó de la  casa de su padre porque la habían vendido a un señor para que se casara con ella. Dlanod, era perseguido por el padre de una joven con la que él estuvo sin haberse casado. Los víveres se acabaron antes de que Amabó dijera por qué había escapado. El momento sin retorno había llegado, cuando estuvieron listos para partir se dieron cuenta de que ninguno tenía el mismo destino, lo que dejaba una interrogante. ¿Con quién se iba el niño?
          Notilc quería llevárselo, decía que ella lo iba a criar como un buen hombre, de esa forma acabaría con los malos tratos hacia la mujer. Espantado Dlanod se exaltó y dijo que no podía ser así, que un hombre de verdad no tenía que aguantarle tonterías a las mujeres. Replicando, Amabó dijo que hombres y mujeres eran iguales, su maldad consistía en hacerle daño a otro solo por ser distinto. Todos querían llevarse al niño.  La calma se mantenía, pero la tensión le subía a la nariz, se acumulaba en los parpadeos, en los movimientos abruptos de las manos, en los gestos torcidos de las bocas.  La discusión duró el tiempo necesario para que les volviera el hambre, esta vez sin nada que comer. Luego de un rato lograron  acordar que el niño había tenido suerte de estar vivo, por ende, se merecía algo grande, lo mejor. Volvieron a plantear ideas, esta vez las mejores: ¡será un hombre de poder con mujeres y dinero! ¡será un hombre que respete a la mujer! ¡será un hombre libre!
          Al ver lo circular de la situación, Dlanod sacó su arma, una pistola grande, de calibre, imponente, de macho alfa. Amabó, lo superó por mucho, un rifle, bien cargado y listo para matar. Notilc tomó de su cintura, un cuchillo. Al verse en desventaja, levantó su falda y sacó su arma, una pistola semiautomática que ni siquiera correspondía a la época. El niño permaneció mirando hasta que los vio morir a todos.
El hambre volvió para sofocar el estómago del niño, quien luego de tomar un poco de agua, se arriesgó a llegar a alguna parte. A medio día, el niño se había desmayado en la arena, dos extraños corrieron a su auxilio. Nolor lo cubrió del sol, Aseret le dio de su agua. Aseret, agradeció a Dios y a la Virgen por encontrar al niño, Nolor murmuró: qué pérdida de tiempo.  Aseret dijo con voz maternal, tranquilo niño pronto llegaremos al oasis.